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viernes, 12 de febrero de 2016

Un día, una habitación.


La vida son una serie de habitaciones. Lo que realmente importa es con quién estés en ese momento, en esa habitación. Muchas veces nos despistamos, estamos más atentos a otros factores como del teléfono, o incluso de las personas que están al lado sentadas que no conocemos de nada, en vez de prestar atención a lo que ocurre frente a nuestros ojos. No somos conscientes que en el momento que estamos, ahora mismo, nunca se va a volver a repetir. Tendrás a lo largo de tu vida, situaciones similares, pero nunca oirás las mismas palabras, aunque estés junto a la misma voz. 
Los días van pasando, nos hacemos más viejos. La experiencia que los años hemos adquirido, juega en nuestra contra. Nos vuelve más desconfiados. Pensamos que por qué nos hayan fallado un millón de veces, nos lo volverán hacer. Nos abarca una rutina inútil que nos hace inmortales. Pensamos que esto nunca se acaba, pero lo hará, un día u otro. Necesitamos muchas veces que ocurra alguna desgracia ajena para darnos cuenta de lo bonito que es vivir, de lo poco que valoramos situaciones cotidianas, que nos las tienen que robar, para darnos cuenta de su valía. Pero todo se olvida, las preocupaciones nos consumen, nos ahogan. Añoramos lo que nunca volverá, y perdemos trenes por miedo a que los pasajeros se acaben bajando, uno a uno, hasta quedarnos como nacimos. Solos.
Ahora ésta en nosotros mismos, cada uno, somos el único dueño de nuestro destino. Y yo me pregunto, si muriésemos mañana; 

¿Es tan importante lo que nos preocupa hoy?