Continuamente nos despedimos sin saber si nos volveremos a ver. Decimos adiós como si en cinco minutos nos fuesemos a encontrar. Pero en algunas ocasiones no es así. En cualquier momento nuestra vida puede cambiar, a veces, sin ni siquiera darnos cuenta. Una actitud, poco a poco puede alejarnos de un ser querido, convirtiéndolo en un extraño.
Lo que ha sido hoy, no volverá a pasar nunca. Aunque estemos las mismas personas en una circunstancia parecida. Nada es igual.
En otras ocasiones, la despedida es mucho peor, cuando sabes de primera mano que es para siempre, que no volveréis a veros, ya nunca seréis los mismos. Cada uno toma un rumbo distinto de vida, y al cabo de tiempo, a pesar del esfuerzo por seguir teniendo relación, vuestra historia (sea cuál sea) se convierte en un mero recuerdo, hasta que sin remedio se transforma en olvido. Pero sin duda, la peor despedida es cuando sólo uno de los dos puede hacerlo. El otro, ya no está. Por mucho que digas, lamentes, sientas, y quieras decir, ya no te escucha o si lo hace, no te pueda contestar. No te puede decir lo que piensa, discutirte. Ese es el momento recuerdas todas las cosas absurdas por las cuales, ahora no sabrías decir cuáles, te habías enfadado con esa persona. Hasta tal punto de prometer incluso no volver a dirigirle la palabra, sin embargo ahora mismo, darías todo lo que tienes por volver a ver.
Despedidas, no conozco ninguna alegre. Estaciones de tren, aeropuertos, empleos, institutos? Ninguno de nosotros, podría calcular, las veces que nos hemos despedido de alguien, para no volver. Decir, mañana la llamo, y darte cuenta al mes, que no lo hiciste.
